WITCH'SPELL (español)

Redactora publicitaria, periodista y escritora de literatura infantil, poeta, autora de relatos y microrrelatos para adultos... Mi imaginación siempre anda suelta y la recojo en mis textos, ya sea para inventar un nombre, susurrar un verso o inventar mundos y explorar emociones.Y todo, con mi única arma: la pluma.


6th April 2020

Llevo 20 años viviendo en este edificio y hasta ahora no había tenido constancia de mis vecinos de enfrente. Solo desde que salimos a aplaudir a las 8 de la tarde para agradecer al personal sanitario, farmacéutico, alimentación, policía y todos los que se están ocupando de que contemos con los servicios básicos, he empezado a descubrir a los personajes que pueblan los balcones de esta historia de ciencia ficción que nos ha tocado vivir. Y si se retrasan, ya me empiezo a preocupar; sobre todo en lo que respecta a una pareja de edad. Desde hace unos días hemos avanzado un paso más, y ahora nos despedimos con la mano hasta el día siguiente. Y lo mismo me ocurre con dos chicas jóvenes del edificio anexo. Espero poder reconocer a todos si me los encuentro en la calle cuando el confinamiento cese, porque salgo sin lentillas a aplaudir y sus rostros me aparecen como desdibujados.


Y hablando de vecinos, uno de los más ilustres de mi barrio es el director de cine Pedro Almodóvar. Vive justo en la calle a mi espalda y he coincidido con él en numerosas ocasiones, ya sea en los cines próximos, ya sea en las terrazas de su avenida. Recientemente ha publicado dos artículos sobre sus vivencias en los tiempos del coronavirus y me ha llamado la atención lo mucho que coincido con él en algunas de sus apreciaciones. Por ejemplo, que ha descubierto que él ya vivía confinado; porque lo que hace a diario, desde que se impusieron las ordenanzas, no dista mucho de lo que solía hacer con anterioridad . Yo tampoco. Lo cierto es que había semanas que durante tres días seguidos no pisaba la calle, enredada en mis escritos o en mis cosas. Pero quizá la diferencia está en quién toma la decisión de hacerlo o no. En la libertad personal que ha sido entregada al gobierno sin poder negarte a renunciar. Te cambio mi libertad por la seguridad. Un trueque que es un cheque en blanco, sin caducidad y con derechos ilimitados. ¿Somos conscientes de que hemos perdido toda nuestra libertad, no solo la de salir a la calle? ¿De que es una forma de vender nuestra alma al diablo? Por mucho que no haya nada más importante que la salud y la propia vida, que lo justifique. Y viviendo en esta renuncia, de momento "light", me parece alcanzar a entender mejor, o cuanto menos olisquear, cómo escenas de renuncia, hipoteca o sustracción de derechos de la ciudadanía en la historia reciente, incomprensibles para mí hasta el momento, pudieron tener lugar. Todo sucede gradualmente bajo el estigma del miedo. Bajas un poco la cabeza, y luego más y otro poquito más... Y cuando quieres darte cuenta estás doblado y de rodillas. Me da vértigo profundizar.


Otras de las coincidencias con mi querido y admirado Almodóvar es que, en una especie de locura bipolar, se siente claustrofóbico y agorafóbico a la vez. Lo entiendo. Yo hay momentos que siento que mi cuerpo no puede soportar estar recluido ni un instante más; me bulle la sangre, me explotan las ideas... y miro por la ventana, pero las calles vacías, las tiendas cerradas, la ausencia de coches, de voces ,de risas, ese silencio de campo, me paraliza. Es como si Godzilla fuera a doblar la esquina y me echara su aliento en el cogote.


Eso sí, disiento con mi ilustre vecino en eso de estar desnudo en casa. Yo estoy vestida, pero de calle, nada de chándals o home casual. Peinada, maquillada y, si me apuras, hasta con unas gotitas de perfume, como si se fuera a levantar la veda de repente y fuera a lanzarme al exterior volando cual mujer cañón, o alguien viniera a visitarme de inmediato.


Estoy llorona y sensible como él. Lloro por no poder ir a ver a mi madre. Por los cumpleaños de ella y de mi hija que no se han celebrado. Ni mi aniversario de bodas, tampoco se festejará. Por la imposibilidad de coger en brazos a mi primera sobrinieta.


Lloro por los miles de ancianos que están muriendo solos en la residencia. Y por los enfermos que fallecen en el hospital sin poder despedirse de su familia. Por los amigos y familiares enfermos que, afortunadamente, comienzan a recuperarse. Hasta por los famosos que solo conocía de la televisión y de las revistas, que también se han ido. Lloro de pena y de emoción. Porque yo soy mucho de llorar. Como si así me lavara y purificara por dentro.


También me enfado. Y me harto. Por la invasión de memes "graciosos", la avalancha de fake news distópicas , siempre acompañadas de la frase garante "es del padre de mi amiga médico", de "la madrina de mi compañero de trabajo", intentando avalar lo indefendible. Y de las canciones noñas y moñas de famosos y aficionados, en un simulacro de "We are the world, We are the children" de cuarentena. Me agobian los mil cursos online de baile, manualidades, lectura, cocina, costura... en un intento de llenar las horas. Las obras completas en PDF de las editoriales. Las colecciones de ópera. Las obras de teatro... Esos arranques súbitos de generosidad cultural. Como si el tiempo no se debiera desperdiciar. Como si no pudiéramos aburrirnos.


Así que huyo a mi cueva. Leo. Escribo. Sueño. Fantaseo. Y me recreo en algunos habitantes de ese mundo de ficción donde suelo esconderme para sentirme protegida. Por ejemplo, me preocupa mucho Sheldon Cooper (Big Bang Theory), a quien esta pandemia habrá elevado a la máxima potencia sus niveles de TOC. Y muy especialmente me reconforta pensar en el Doctor House, que a estas alturas de la serie ya habría detenido el contagio, encontrado el tratamiento y hasta tendría lista la vacuna del COVID -19. Pero esta es otra historia... que continuará.


25th May 2020


Entramos en la primera fase de la desescalada en Madrid. Esto implica algún avance en el derecho de reunión (hasta 10 personas) y mayores libertades comerciales (aperturas de terrazas, acudir a tiendas de menos de 400 metros sin cita previa...), así que estoy muy ilusionada por poder ir a una librería, tras más de dos meses sin tener la posibilidad de hacerlo, para comprarme un libro que mi hija me ha recomendado.


Es una obra de ciencia ficción, cuya trama no sé si superará la circunstancia distópica que estamos viviendo, o incluso puede que ya muchas de esas novelas puedan pasar a denominarse "realismo contemporáneo" y el género de ciencia ficción gire hacia otros derroteros. Ya se verá.


Pues bien, ya situada en el exterior, decido ir caminando para observar con detenimiento los cambios que esta pandemia ha producido en las calles, las arterias de la ciudad por donde corre la vida. La mayoría vamos con mascarilla, otros además llevan guantes, a pesar de los casi 30 grados que nos envuelven, nos pesan y nos agobian. No es fácil sentirse cómodo andando bajo el sol con la nariz y la boca precintada. Siento como si formara parte de un decorado donde faltan elementos. Es el cuento de la Bella Durmiente donde el Príncipe ha llegado tarde, y se ha encontrado a Aurora en coma, o directamente muerta. Sí, porque muchos locales no han despertado. Se lee el cartel de en venta, disponible, en alquiler, o con trazas de que cuando cerraron los ojos en marzo, no volvieron a respirar.


Me da pena. Y me siento rara recorriendo este Mad Max de barrio.

Cuando después de 40 minutos alcanzo mi objetivo ( y lo describo así porque me imagino avanzando por un campo de batalla ), se me escapa una sonrisa de complicidad ante la presencia de lo conocido. Pero ni quiera ya la librería es igual. Entrar en ella es como adentrarse en el control de seguridad de un aeropuerto. Mantener la distancia social de dos metros. Chequeo de que portas mascarilla. Gel hidroalcohólico para desinfectar las manos y, a continuación, obligación de ponerte guantes si quieres ojear libros. Para preguntar o pagar, una mampara de metacrilato entre el librero y tú. Como si en vez de cliente fueras sospechoso. Y lo eres: de portar el coronavirus.


Lo entiendo todo. El cuidado. Las normas. El peligro. Los contagios. Las precauciones...

Pero no sé si me apetece visitar una librería de este modo. Me gusta el tacto de las páginas en la piel. El olor a tinta y papel. Ver en el rostro del librero su pasión por la literatura.

Habrá que acostumbrarse, me dicen los más pesimistas. Es transitorio, me animan los optimistas.


Y mientras, a seguir contando el tiempo de confinamiento en base a los libros leídos...